Quién eres

Una vez me regalaron palabras bellas sin que yo me diera cuenta. Es un amigo de los que está y de repente se pierde… Espero que, algún día, nos volvamos a encontrar.

Yo te digo quien eres, si quieres. Eres Amelia con faldas de colores estrafalarios, de maravillas; eres un violín suave, tenue, eterno; eres palabras bellas, eres un ovillo de carne y luz debajo de una tela azul, no terciopelo. Eres cambio, eres la sombra que se deja ver a la vuelta de una esquina, que ríe, que no se esconde, pero que menos le importa lo que ocurra en el mundo de la sangre fría, porque no es tu mundo. Tu habitación es paz, y es curioso, pues no te siento más que locura. Pero es la serenidad de querer ser feliz, la única posibilidad de no caer enfermo de vida, y tú eres sana. Eres papelitos con frases de significados ocultos, pero a vista mía que son tú, y otra vez tú.

Yo ahora he sido solo cinco minutos, necesarios, a duermevela tuya, a cabeza tapada, y  música de lengua, pero eso es, hay más, claro, mucho más, pero esto, sobre todo esto, también es.

Pablo

La del oso

Volvíamos de Sarajevo. Nuestro viaje ya tocaba su fin. Tristes y cansados y con un pasajero menos, nos metimos en el coche para pasar largas horas en la carretera.

Dijimos adiós a la capital bosnia y a nuestro amigo Bojan, que se quedó para pasar el verano con su familia. En su lugar nos llevamos a su casi primo Zlatko al que más tarde dejaríamos en Vanja Luka de camino a casa.

El viaje había transcurrido sin incidentes graves. Anaïs tuvo fiebre, una bandada de niños cantores nos asustó una tarde de sol y los avisos de Peligro osos me quitaron el sueño alguna que otra noche, teniendo en cuenta que dormíamos al raso. Pero eso había sido todo… hasta el día de regreso.

Zlatko, como buen conocedor del territorio, nos preguntó:

“Do you want to see a medo?” (osito en serbo-croata)

Los cinco ocupantes del vehículo asentimos sin dudarlo pensando que estaba de broma. ¿De dónde se iba a sacar un oso? No debimos dudar de su palabra.

En medio de la nada boscosa apareció ante nuestros ojos un restaurante frecuentado solo por bosnios de la zona. Más autóctono no podía ser y nosotros no podíamos sentirnos más extranjeros.

Allí, en una pequeña explanada desprovista de árboles había una jaula y dentro, ¿cómo no?, vivía el susodicho animal. Lo habían recogido cuando era muy pequeño porque su madre había muerto asesinada por un cazador. Y el cazador, probablemente por  cuestiones del karma, había muerto golpeado por la osa. Los dueños del bar encontraron al osito y no pudieron dejarlo a merced de las otras bestias del bosque. ¿Qué mejor solución que acogerlo en su pequeño restaurante?

“Está enjaulado porque la gente tiene miedo”, nos explicó el dueño sorprendido por su afirmación mientras le tocaba la cabeza al animal. “Si lo soltamos algún cazador lo mataría”

A Anaïs se le caía la baba. ¿Quién no ha querido alguna vez tener a un oso entre sus brazos? Las series de nuestra infancia nos han arrastrado a ello: Los osos amorosos, Jackie y Nuca, La aldea del arce… ¡En todas ellas los osos son adorables!

“¿Puedo tocarlo?”, suplicaba.

“Don’t!” , le respondió Zlatko imaginándose la pregunta.

La advertencia cayó en agua de borrajas después de que el dueño del bar la animara metiendo otra vez la mano en la jaula… No hizo falta más. Su mano se deslizó entre las rejas de la jaula. Yo, pegada a ella, observaba la reacción del animal, que pesaba más de 500 kilos. Si todo iba bien estaba decidida a meterla también.

Las primeras caricias fueron tímidas pero luego se soltó y hasta le dio golpecitos amistosos en la cabeza. El oso, ante tal cordialidad, giró su cuello, abrió sus fauces y agarró el brazo de Anaïs entre sus dientes. Hubo momentos de confusión, gritos desesperados y estirones de la apresada que en lo único que pensaba era en escapar. El dueño acudió en su ayuda y con un solo golpe en la nariz de la fiera todo terminó.

“You like him. He was playing”.

Luego supimos que si no hubiera sido así, simplemente le habría arrancado el brazo de cuajo.

Un chorro de Rakja sobre la herida y un chupito del mismo licor en el gaznate zanjaron el episodio más taquicárdico de nuestras vacaciones balcánicas.

Brother John

Eran las ocho de la tarde. La mesa estaba puesta y todos ya sentados. Brother John hizo sonar su campana, lo que significaba que era la hora de la oración.

“Te damos gracias señor por los alimentos que vamos a recibir…”

Nunca pensé que diría Amén en inglés, pero esa noche tenía que ser educada y olvidar que era atea. Me habían invitado a cenar y rara vez entraban mujeres en esa casa lo que explicaba porque solo vivían hombres (en su mayoría italianos, lo que nunca fui capaz de entender).

En fin, allí estábamos una panda de tíos, Brother John y yo. Él, por supuesto, presidía la larga mesa de la cocina.

Con un vaso de vino en la mano y sus bolitas de carne del Tesco en el plato comenzó su interrogatorio camuflado por esa vocecilla amable que tienen todos los ancianos, sobre todo los ingleses que son particularmente tiernos.

“What are you studying? When did you arrive to London? How have you met Simone? Your english is not bad…”

¡Uf! Menos mal…

A medida que avanzaba la cena me era más difícil entender su inglés británico cerrado, teniendo en cuenta que el mío era todavía macarrónico. Sus ojos azules se entornaban a cada trago que daba al vino..

“I’ ve been to Barselona once”, contaba con la calma que un cura da el sermón de doce. “Maybe two. There is a Sant Gabrielle’s school. Do you know Sant Gabrielle?”

Otro tragazo.

Todos reían. Yo flipaba.

Ya conocían a Brother John y yo me iba dando cuenta de que su fama entre mis amigos y mi novio (todos inquilinos suyos) era más que cierta: católico, inglés y bebedor empedernido. Entrañable.

Así transcurrió la cena. Ellos le hacían bromas y Brother John los reñía.

“Brother John, when will we be allowed to cook again?”, preguntó alguno de los 10 allí presentes.

“No, no, no, my son. It is NOT allowed to cook in MY kitchen. You know that”.

Sabía que él cocinaba todas las noches. Bueno… cocinaba. Metía en el horno lo que compraba en el super, todo precocinado y, lo que es peor, empanado. Nunca lo vi encender un fogón. Pero tiene una explicación.

La casa de Brother John es como una pensión económica para extranjeros que no tienen donde ir cuando llegan a la city británica. Él les acoge, les cocina y les instruye en la maravillosa lengua de los grandes reyes. Y todo por unas 70 libras esterlinas a la semana. La única condición es que debes tener pene.

Las comidas (de mediodía) no iban incluidas y hubo un tiempo en que sí se cocinaba. Hasta que un día uno de los inquilinos le pegó, literalmente, fuego a su cocina. Ese día comenzó la prohibición.

La cena se alargó al ser mi primera visita. Ya eran más de las diez cuando nos trasladamos al salón (lúgubre donde los haya). Brother John no tardó en arrimarse al mueble bar y sacar su famosísimo whisky Tesco que cada noche tomaba alrededor de esas horas. Desde el primer vaso, la noche degeneró de peculiar a surrealista.

Contaba sus historias ante un grupo mucho más reducido que el de la cocina, solo Roberto, Daniel, Hugo, Simone y yo.

Tras unas cuantas batallitas de Brasil (oh my God! What was he doing there?!), Francia y España (otra vez la misma historia de Barcelona), Hugo y Roberto le pidieron que cantara para mi (!). La botella, que había comenzado la velada llena, ya iba por la mitad. Sus ojos no eran más que pequeñas rayitas pintadas con carne hinchada a su alrededor y, sinceramente, su aliento echaba para atrás. Nosotros nos habíamos comprado nuestra propia bebida para seguir su ritmo aunque no llegamos a su nivel, cultivado durante años.

A pesar de mi borrachera y de lo surrealista de la situación (cinco personas jóvenes en torno a un hombre de más de 70 años que cuenta batallitas totalmente ebrio) no podía dar crédito a la petición.

Brother John, por el contrario, estaba encantado. Después de hacerse de rogar un poco por sus chicos, empezó la cantinela.

“Happiness, happiness. The greatest gift a man posses. I thank the Lord I have been blessed. Happiness, happiness… HAPPINESS!”

En serio, me gustaría que pudierais oírlo.

La noche terminó con confesiones y algo perdido en el escarabajo verde de Brother John, quien nunca supo que entramos a su coche arrastrados por el alcohol.

Y desde que conocí a este personaje, mi vida en Londres dio un giro totalmente surrealista lleno de borracheras de viejos, blasfemias de católicos a las espaldas del clérigo y fiestas de fogones y flamenco secretas. Cada una para ser contada por separado…

…pero eso ya llegará.

La regla

Era una mañana de finales de mayo de 1997.  Yo me preparaba para ir al colegio y, como siempre, llegaba tarde. No sabía si me daría tiempo de coger el autobús. A medio peinar y con la chaqueta en la mano volé escaleras abajo, atravesé el horno y evité saludar.

“No llego, no llego…”.

Mi madre creía lo mismo y, desde detrás, me lo hacía saber.

“Sempre igual”, la oí antes de que se cerrara la puerta.

Esta vez, y para mi satisfacción, no lo perdí.

El autobús me dejó a las cinco de la tarde donde me había recogido. Salté y corrí hacia mi casa. ¡Necesitaba ir al baño urgente!

Entré en el horno. No había mucha gente, al menos en el obrador, lo que me alivió. Nadie iba a interrumpir mi ritual: Llegar y hacer pis en el baño de la panadería. Nunca supe por qué me gustó más ese que el de mi casa, que estaba justo encima. Ese lo usaban todos los trabajadores durante todo el día y no tenía ventana. El horno (en sí) estaba muy cerca y hacía bastante calor. Aunque también es cierto que no se oía nada, parecía como una isla en medio de un mar de ruido de máquinas y olor de pan y chocolate.

Descargué la mochila por el camino y cerré la puerta. No sabía que cuando saliera ya no sería una niña, sino una mujer. O eso decían.

Y efectivamente. Me había bajado la regla. ¡LA REGLA! Lo supe en el mismo instante que lo vi pero… ¿El color? No me esperaba ese color marrón y tuve la esperanza de que todo fuera un error. Una broma, un pequeño aviso. ¡Qué ingenua!

Llamé a mi madre a voz de grito y ella, en lugar de consolarme, se empezó a reír y confirmó mis sospechas. Regla, menstruación, periodo, “tu prima la pelirroja” y una infinidad de términos más que he ido aprendiendo con el tiempo. Todos me desagradaron en ese momento y me sentí sucia. Mi madre, en cambio, estaba contenta y no paraba de repetir que ya era una mujer. Como ya he dicho, yo no me sentía diferente, solo peor.

Para mi sorpresa, mi madre le gritó a mi padre:

“¡Nene! Ves a comprar-li compreses a la xiqueta que li acaba de baixar la regla”.*

Así, sin vergüenza. Sin pensar. Roja como un tomate esperé.

Me pasé el resto de la tarde sentada en la silla de mi habitación sin moverme, sin hablar, incómoda y deprimida. Mi madre, además, añadió con un tonillo que nunca he terminado de descifrar: “Has sido la primera de tu clase en tenerla”. Y sonrió.

Fantástico.

Cerré mi habitación y no permití que nadie me molestara en aquel funesto día en el que, técnicamente (y solo técnicamente), dejé de ser una niña.

Traducción para aquellos que no han podido deducirlo solos: *Nene, ve a comprarle compresas a la niña que le acaba de venir la regla.

Continuará

Se terminó un año lleno de contradicciones, eterno y fugaz. De sentimientos encontrados y, finalmente, de pensamientos imperfectos.
Se terminó para volver a empezar. Para continuar subiendo los escalones de una escalera que nunca se acaba.
Hoy,la vida es subir a un tren, a un avión, y decir adiós. Mejor, hasta pronto. Nos vemos el ocho. O en 2013. O cuando a nuestros caminos se les antoje cruzarse de nuevo.

Sé que este año será para siempre. Nunca terminaremos de vivirlo del todo. Los recuerdos nos asaltarán sin avisar y saldrá alguna que otra lágrima de alegría, de nostalgia, de tristeza por los que ya no están cerca viviendo con nosotros el día a día.
Nunca olvidaremos las correcciones de Santa Cruz, como bien dijo Wendy. Y recordaremos a Bastenier diciendo “es así, es así. En Nicaragua no hay corresponsales, gritan las noticias desde las esquinas”.

Ha sido un año irrepetible y, aunque ahora tenga el corazón congelado por la pena, sé que sonreiré. Se me llenará el alma cada vez que regrese a mi memoria una historia, una imagen, cualquiera de estos 347 días en Madrid.
No solo me llevo el rigor, la profesionalidad y la certeza, por fin, de que puedo hacerlo.
Me llevo el corazón repleto, pletórico. Conexiones únicas.
Me llevo una reconciliación con Argentina, un alma gemela, una esposa que me abandona para casarse con otro…
Me llevo un hermano, un protector, la bondad hecha persona.
Me llevo la dulzura de una extremeña que me obligó a conocer su tierra. Nunca le agradeceré suficiente su inmensa paciencia y que me haya enseñado el valor del abrazo-salto-terapia.
Me llevo una hermana, una compañera de vida para siempre. También a mi descubrimiento tardío: mi vasca del alma a la que adoro (más vale tarde que nunca).
Me llevo un gigante de manos enormes y pies como barcas. Compañero de juegos, de risas, de abrazos.
Me llevo a mi mandona preferida que nunca jamás me ha fallado. Generosa eterna.
Me llevo a mi mexicana linda que supuso un antes y un después y a uno de los hombres más raros que he conocido. Me ha alegrado la vida con sus muestras de cariño inesperadas, que me encantan.

Me llevo a todos los que me han acompañado en el camino.

Es un punto y seguido. Un continuará. Cada minuto del año ha merecido la pena.

22 de diciembre del 2011. Camino de vuelta a casa.

Mi madre canta

Mi madre canta. Mejor dicho, tararea sin abrir la boca. Es una especie de mmmmm con melodía. Yo no me había dado cuenta nunca.
Recuerdo ese sonido reconfortante mientras cocinaba o se vestía para salir a cenar y yo la observaba sentada en su cama con las piernas colgando y el pijama puesto. Era normal, una imagen costumbrista con sonido incorporado. La banda sonora de mi infancia.

Mientras trabaja también canturrea. Ahora y cuando yo no la oía. Los clientes se dan cuenta y, a veces, sonríen al escucharla. Otros, los que vienen por primera vez a comprar a la pastelería, la miran extrañados.

Yo descubrí ese talento pasados los 20 años porque una amiga me preguntó, ¿por qué canta tu madre? Tan simple como extraordinario.

“¿Mi madre canta?”. Primera noticia.

Me alegro de que aquella amiga se sorprendiera y no pudiera evitar preguntar.

El recuerdo de su murmullo armonioso me arranca sonrisas cuando estoy lejos. Espero escucharlo cuando vuelvo a casa. Es un sonido que, sencillamente, significa hogar, tierra, raíces.

Cuando estoy cerca y la oigo solo quiero darle un abrazo y decirle: “Mamá, eres única”.

La muerte de una estrella

Tumbados en el suelo los tres mirábamos al cielo.
Bea dormía en el coche y Marta aún no se había animado a tumbarse con nosotros junto a la carretera, tan solitaria como oscura luminosa.
Hacía frío y la luna nos daba toda la luz que necesitábamos. Llena, perfecta. Como el momento en sí mismo.
“¿Dónde están las tres marías?”, preguntó Gui desde su posición horizontal buscando sus estrellas brasileñas.
Mi cabeza sobre su estómago, la de Vicky sobre el mío. Silencio.

Las tres marías no se ven en el cielo español…

Un punto brillante, azul casi celeste nos saludaba como un lunar olvidado por el sol. Justo al lado de la luna.
Ellos la miraban. Más que eso. La admiraban. Y yo, en uno de mis impulsos, la maté. Le quité el rango de estrella y le arrebaté la magia al cielo…
Pero conseguí que cada vez que contemplaran la noche y la descubrieran – siempre viva, nunca estrella, siempre quieta – se acordarían de aquella parada extremeña. De la madrugada y de la valenciana que aquel día la mató.
Y, lo sé, no podrán evitarlo, sin remedio… sonreirán.

Os echaré de menos carolinos (PARTE I)