Eran las ocho de la tarde. La mesa estaba puesta y todos ya sentados. Brother John hizo sonar su campana, lo que significaba que era la hora de la oración.
“Te damos gracias señor por los alimentos que vamos a recibir…”
Nunca pensé que diría Amén en inglés, pero esa noche tenía que ser educada y olvidar que era atea. Me habían invitado a cenar y rara vez entraban mujeres en esa casa lo que explicaba porque solo vivían hombres (en su mayoría italianos, lo que nunca fui capaz de entender).
En fin, allí estábamos una panda de tíos, Brother John y yo. Él, por supuesto, presidía la larga mesa de la cocina.
Con un vaso de vino en la mano y sus bolitas de carne del Tesco en el plato comenzó su interrogatorio camuflado por esa vocecilla amable que tienen todos los ancianos, sobre todo los ingleses que son particularmente tiernos.
“What are you studying? When did you arrive to London? How have you met Simone? Your english is not bad…”
¡Uf! Menos mal…
A medida que avanzaba la cena me era más difícil entender su inglés británico cerrado, teniendo en cuenta que el mío era todavía macarrónico. Sus ojos azules se entornaban a cada trago que daba al vino..
“I’ ve been to Barselona once”, contaba con la calma que un cura da el sermón de doce. “Maybe two. There is a Sant Gabrielle’s school. Do you know Sant Gabrielle?”
Otro tragazo.
Todos reían. Yo flipaba.
Ya conocían a Brother John y yo me iba dando cuenta de que su fama entre mis amigos y mi novio (todos inquilinos suyos) era más que cierta: católico, inglés y bebedor empedernido. Entrañable.
Así transcurrió la cena. Ellos le hacían bromas y Brother John los reñía.
“Brother John, when will we be allowed to cook again?”, preguntó alguno de los 10 allí presentes.
“No, no, no, my son. It is NOT allowed to cook in MY kitchen. You know that”.
Sabía que él cocinaba todas las noches. Bueno… cocinaba. Metía en el horno lo que compraba en el super, todo precocinado y, lo que es peor, empanado. Nunca lo vi encender un fogón. Pero tiene una explicación.
La casa de Brother John es como una pensión económica para extranjeros que no tienen donde ir cuando llegan a la city británica. Él les acoge, les cocina y les instruye en la maravillosa lengua de los grandes reyes. Y todo por unas 70 libras esterlinas a la semana. La única condición es que debes tener pene.
Las comidas (de mediodía) no iban incluidas y hubo un tiempo en que sí se cocinaba. Hasta que un día uno de los inquilinos le pegó, literalmente, fuego a su cocina. Ese día comenzó la prohibición.
La cena se alargó al ser mi primera visita. Ya eran más de las diez cuando nos trasladamos al salón (lúgubre donde los haya). Brother John no tardó en arrimarse al mueble bar y sacar su famosísimo whisky Tesco que cada noche tomaba alrededor de esas horas. Desde el primer vaso, la noche degeneró de peculiar a surrealista.
Contaba sus historias ante un grupo mucho más reducido que el de la cocina, solo Roberto, Daniel, Hugo, Simone y yo.
Tras unas cuantas batallitas de Brasil (oh my God! What was he doing there?!), Francia y España (otra vez la misma historia de Barcelona), Hugo y Roberto le pidieron que cantara para mi (!). La botella, que había comenzado la velada llena, ya iba por la mitad. Sus ojos no eran más que pequeñas rayitas pintadas con carne hinchada a su alrededor y, sinceramente, su aliento echaba para atrás. Nosotros nos habíamos comprado nuestra propia bebida para seguir su ritmo aunque no llegamos a su nivel, cultivado durante años.
A pesar de mi borrachera y de lo surrealista de la situación (cinco personas jóvenes en torno a un hombre de más de 70 años que cuenta batallitas totalmente ebrio) no podía dar crédito a la petición.
Brother John, por el contrario, estaba encantado. Después de hacerse de rogar un poco por sus chicos, empezó la cantinela.
“Happiness, happiness. The greatest gift a man posses. I thank the Lord I have been blessed. Happiness, happiness… HAPPINESS!”
En serio, me gustaría que pudierais oírlo.
La noche terminó con confesiones y algo perdido en el escarabajo verde de Brother John, quien nunca supo que entramos a su coche arrastrados por el alcohol.
Y desde que conocí a este personaje, mi vida en Londres dio un giro totalmente surrealista lleno de borracheras de viejos, blasfemias de católicos a las espaldas del clérigo y fiestas de fogones y flamenco secretas. Cada una para ser contada por separado…
…pero eso ya llegará.